Fueron más las echadas que las ponedoras, ¿qué hará usted?

Una expresión muy popular —en ese México que conserva algunas de sus viejas tradiciones—, es la que suele decirse cuando los presentes detectan a un fanfarrón: Se me hace que son más las echadas que las ponedoras. (Quienes no entiendan el sentido —más que evidente— de esa expresión, poco conocen de este sufrido país). El fanfarrón, es el personaje infaltable —no de ahora sino desde siempre—, en todos los grupos sociales, al margen del nivel económico y social, y educativo-cultural.

Hoy, aquella expresión parece cobrar en el ambiente político, una relevancia extraordinaria. Sabemos que todo candidato siente que su primer objetivo es prometer sin límites, y mentir sin recato alguno; por ello, las exageraciones que comete no representan freno alguno a su verborrea sin control.

Los electores que tienen la mala suerte –por una razón u otra—, de asistir a platicar con uno u otro candidato de éste o aquel partido, lo oyen dando a entender, con su silencio, que lo escuchan, mas no es así. Al final de la reunión, ya en la confianza con los amigos, la frase cae lapidaria: Se me hace que son más las echadas que las ponedoras.

La frase matadora, sin clemencia alguna, dice más que todo un tratado; resume en unas cuantas palabras, la crítica demoledora a un discurso mentiroso que cada tres o seis años tiene a un merolico diferente. Muchas promesas incumplibles, y más compromisos que ambas partes saben, jamás serán honrados.

¿Qué vimos y oímos durante este proceso, el más importante de la historia electoral del país por el número de puestos en disputa? Lo suficiente para concluir, no otra cosa que esto: Fueron más las echadas que las ponedoras. Hoy, a poco más de cuatro semanas del 1 de julio, el resumen que obligadamente hacemos llevaría, a no ser porque nos encanta el lenguaje seudo intelectual, a repetir aquella expresión lapidaria y matadora: Se me hizo que fueron más las echadas que las ponedoras.

Unos y otros —candidatos y partidos—, no se cansaron de lanzar promesas imposibles de cumplir, y compromisos que jamás se honrarán; al mismo tiempo, candidatos y electores, con base en el bolero Miénteme del Chamaco Domínguez (síntesis brillante de la añeja relación entre unos y otros), tararean con descuido: Miénteme más, que me hace tu maldad feliz.

Hoy, ya con candidato ganador a la Presidencia, es aceptable y válido afirmar que ganó el más mentiroso; el más prometedor de lo imposible, y el que más compromisos hizo, los cuales, jamás honrará. A ése, sin misericordia alguna podríamos decirle en su cara: Se me hace que fueron más las echadas que las ponedoras. Si lo hiciéremos, habríamos acertado sin duda alguna; ya lo verá en corto tiempo.

A medida que los días pasen y la realidad reclame su espacio, fácil y rápidamente nos daremos cuenta de que, efectivamente, fueron más las echadas que las ponedoras. La ofensiva realidad estructural de nuestro país limita a los candidatos ganadores por igual; el más mentiroso y firmador de compromisos hará el mayor de los ridículos, pero los otros no interpretarán mal vernáculas o, dicho de otra manera, no cantarán mal las rancheras en eso de haber hecho promesas imposibles de cumplir.

La explicación que la realidad nos entregará será de una claridad meridiana, e irá más allá de la falta de recursos monetarios; la imposibilidad de concretar tanta promesa y honrar tanto compromiso hecho al descuido, se debe también a obstáculos estructurales, que la clase política jamás ha querido remover. Esto ha prohijado mafias muy poderosas cuyos intereses han alimentado, durante decenios, a no pocos de esos candidatos prometedores a sabiendas de que jamás cumplirán una sola cosa prometida.

Hoy pues, las campañas quedaron atrás y llegó el tiempo de exclamar: ¡Efectivamente, fueron más las echadas que las ponedoras! ¿Aprenderemos algún día?

 

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