Osorio Chong y la pesadilla de El Chapo
09 de Enero de 2016
Negar hace medio año que la fuga de El Chapo hirió políticamente al secretario de Gobernación era tan miope como mezquino resulta ahora ignorar que su recaptura fortalece las aspiraciones presidenciales de Miguel Ángel Osorio Chong.
Lo imperdonable del 11 de julio, el escape del capo como evidencia de la narcopolítica en México, se torna ahora en una muestra de que la fuerza del Estado puede manifestarse cuando se quiere y se sabe usarla.
Sin conocer aún detalles de la operación, la recaptura le da un respiro al gobierno de Enrique Peña Nieto y a la vapuleada imagen del país en el exterior, justo a la mitad del sexenio.
Y más allá del reparto de medallas que vendrá ahora con la narrativa oficial de la detención, el titular de la Segob se quitó ayer de encima esa lápida que lo había convertido en el destinatario del perdón presidencial imposible.
Recapturar al narco era una orden de su jefe. Y, según cuentan quienes lo vieron padecer su huída, se convirtió en una obligada obsesión. Porque sólo así pondría fin a la pesadilla que inició en su interrumpido viaje a París.
Osorio Chong volaba a la capital francesa —para sumarse a la visita de Estado de Peña— cuando le avisaron de la fuga. De regreso a México, para afrontar la vergüenza, debió responder a la pregunta de la prensa de si esto ameritaba dejar el cargo.
“Las crisis no son momento para renunciar”, argumentó con el rostro descompuesto. Y garantizó la recaptura. En privado compartió el sentir de aquel descalabro que durante seis meses pudo considerarse su fracaso. “Es una traición”, acusó.
De manera que lo ocurrido este viernes 8 de enero constituye un punto de inflexión que cuenta y mucho, en la adelantada sucesión, si asumimos que el secretario de Gobernación logró en 2015 una hazaña: proyectarse, pese al fardo del escape, como el priista con mayores posibilidades para 2018.
Independientemente de las legítimas dudas que suscitan las encuestas —que lo colocan por encima de sus compañeros en las intenciones de voto—, en tanto son espacios susceptibles a la publicidad y a la propaganda, Osorio Chong es el secretario más poderoso del gobierno.
Si bien, el titular de Hacienda, Luis Videgaray, es el cerebro de las reformas y el hombre de mayor confianza del presidente Peña, la coyuntura económica lo ha hecho portador de las malas noticias del petróleo, la devaluación del peso y los impuestos.
En contraste, el secretario de Gobernación siguió acumulando los asuntos de la interlocución con el Congreso, la oposición y los mandatarios estatales. Y negociaciones al interior del PRI, mismas que no soltó con la llegada de Manlio Fabio Beltrones a la dirigencia del partido.
Al hecho de administrar trozos del poder priista debe sumarse esta capacidad de haber sorteado el vendaval de El Chapo —incluida la defensa de la permanencia del director del Cisen, Eugenio Ímaz— y el paso fugaz por la Segob de Arturo Escobar (PVEM) como subsecretario de Prevención.
De manera que esa máxima de que lo que no mata te hace más fuerte, aplica para un secretario que con Joaquín Guzmán Loera nuevamente en la cárcel —sea aquí o extraditado— tiene la oportunidad de capitalizar esta coyuntura.
Es cierto que la mera detención no resuelve el problema. Pero sólo la ceguera partidista puede restarle méritos a un hecho que debería marcar un antes y un después, si el gobierno comprende que “la misión cumplida” que festina el presidente Peña implica dejar de temerle a la agenda de la seguridad.
Fue muy sintomático que el expresidente Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala se apresuraran a felicitar en Twitter al gobierno por la recaptura. Nadie mejor que ellos para valorar el significado de una demostración de que aún es viable desmontar las estructuras del narco.
Acertado y valiente en el diagnóstico de que la ley de plata o plomo del crimen organizado buscaba carcomer al Estado, el panista no consiguió, sin embargo, una prueba de que éste podía ser superior. De ahí la derrota del PAN en las urnas en 2012.
En su regreso a Los Pinos, los priistas cambiaron las prioridades y sacaron a la lucha contra el narco del discurso. Para desgracia de los mexicanos, la oposición siguió sus pasos. Hoy todos prefieren centrarse en el tema de la honestidad y la transparencia.
Pero la realidad se impone y la narcopolítica nos estalla en el arranque de 2016 con el asesinato de Gisela Mota, alcaldesa de Temixco, como la peor prueba de la corrupción y la impunidad.
La disyuntiva está ahí: destapar la champaña para celebrar mediáticamente la recaptura o tomar al toro por los cuernos de todos los pendientes que significó la fuga: policías, cárceles y presidencias municipales y estructuras de la vida pública infiltradas por el crimen organizado.
Osorio Chong, El chino, como le llaman en los corrillos del poder, puede conformarse con la foto de anoche. O demostrar que es, como le dice su gente, un 4x4, un todo terreno, dispuesto a diseñar la estrategia de la rectoría del Estado, una que aspire a ponerle fin a la pesadilla de los mexicanos. No sólo a la suya.
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