¿Es hora de despenalizar la mariguana?

¿Y si permitimos que los consumidores cultiven la mariguana que se van a fumar, beber o comer en sus casas? La idea, muy repetida por los medios en días recientes, no es de un activista, un congresista de izquierdas o un teórico con tendencias liberales, como es habitual, sino de un ministro, Arturo Zaldívar, que al formularla logró regresar a la arena pública un debate, el de la despenalización o legalización frente a la prohibición, que tiene muchas aristas –económicas, médicas, neurológicas, policiacas, económicas– y que en realidad no es nuevo ni en México ni en países como Uruguay o Estados Unidos, donde las políticas de apertura y tolerancia han ganado posiciones en los últimos años, pero que en realidad apenas empieza.  

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¿Y la cultura narca?

Juan Pablo  Becerra-Acosta M.

Reportero de “Milenio”.

Estoy a favor de que se legalice o regule el uso de la mariguana. De la cocaína. De la heroína. De cualquier droga. Cuando tecleo que “se legalice” quiero decir que nadie debe ser criminalizado por la utilización de una droga. Cada adulto debe tener la libertad de meterse o no lo que le apetezca en su cuerpo y en su mente. Las veces que quiera y la cantidad que guste. Allá él, allá ella. Y para eso, cada quien debe tener el derecho a comprar lo que quiera, en la cantidad que quiera, y cuando quiera.    

La libertad es lo que engrandece a cualquier sociedad. ¿Somos o pretendemos ser una sociedad adulta y liberal o no? Si a alguien se le da la gana de reventarse el fin de semana y meterse veinte rayas de coca para dilucidar si el huracán “Patricia” era el más horroroso de la historia o Enrique Peña Nieto fracasó como meteorólogo frente a sus pantallitas del clima; si alguien quiere comerse unas tachas el viernes para brincotear en un antro o en un concierto; si alguien quiere irse el weekend a tragarse peyote, hongos o jugarle al radical chic con su dosis de la vomitiva Ayahuasca; si alguien quiere darse dos toques para tener sexo toda la noche del jueves; si alguien quiere ponerse loco de bar en bar con muchos mililitros de Jägermeister; si alguien tiene dinero y quiere exhibir su barnizada cultural y le sale lo naco y se emborracha mezclando botellas de Vega Sicilia con otras de Gevrey-Chambertin; todo eso es un asunto que le compete a la libertad de cada individuo y a su capacidad de discernir.

El Estado mexicano y la iniciativa privada deben gastar millonadas de dinero, eso sí, en informar a la gente, sobre todos a los niños, adolescentes y jóvenes, acerca de las consecuencias de usar y drogas y abusar de éstas, porque de que afectan y hacen daño, de que destrozan vidas y personalidades, e incluso matan cuando se consumen en exceso, así es.

Hay quienes afirman que son pocos los mexicanos que consumen drogas. Citan encuestas sobre adicciones para sustentar su dicho. ¡Encuestas! ¿Quién demonios va a contestar que sí, que se mete coca hasta por las orejas? Pásele aquí a la sala, señorita, ¿no gusta una rayita mientras me aplica la encuesta?

La lucha contra el narcotráfico al paso de los años se volvió una guerra no sólo por el multimillonario trasiego de estupefacientes hacia Estados Unidos, sino por el millonario consumo interno en nuestro país.

Viví en Acapulco desde el 2000 hasta el 2005. El puerto estaba repleto de jóvenes los fines de semana, atascado de chavos de clase media y alta, más los locales. Los “springbreakers” saturaban los antros en su periodo vacacional, luego los chilangos, mexiquenses, poblanos y otros más hacían lo propio en los puentes, así como en Semana Santa y Pascua. En verano había muy buena ocupación. En fin de año era una marabunta de vacacionistas la que hacía suya la Bahía de Santa Lucía. Cada vez se consumían más y más drogas. Te las ofrecían en cualquier lado: en la banqueta, en el taxi, en todos los bares, en la lancha, en la playa, como ahora sucede en Cancún o Vallarta.

Hasta que los narcos se empezaron a disputar el mercado virulentamente. El “narco lumpen”, los jefes de plaza y sus células, se alocaron. Como empresarios criminales son estupendos clavadistas de La Quebrada. Te largas, nada de que tú vendes aquí y yo allá. Rodaron las primeras cabezas. Aquellas dos cabezas que a todos nos dejaron horrorizados, estupefactos. ¿Ah sí? Pues “encajuelo” a siete tuyos. Y así. Hasta que liquidaron Acapulco, acabaron con su propio mercado: los lugareños dejaron de salir, los visitantes cesaron sus viajes. Ya no había “springbreakers”. Nadie consumía.

Igual que en Guerrero ha sucedido en Nuevo León, Tamaulipas, Morelos, Sinaloa, Durango, Michoacán, en el Estado de México, en Baja California, Chihuahua, Jalisco, en el Distrito Federal. En todos lados. En Guerrero antes les pagaban a los campesinos que sembraban mariguana o amapola en cash pero luego algún genio tuvo la brillante idea de pagarles mitad en efectivo y mitad… con droga. Los hijos de los sembradores y cultivadores tenían que bajar a los pueblos grandotes y hasta las ciudades a vender. Los jóvenes locales se empezaron a drogar con una cosa que ni siquiera era coca, sino una mezcla horrenda de anfetaminas.

Y ahí entra el asunto cultural: la cultura narca. Vaya usted a donde guste en esos estados que cité y en otros. He estado los últimos diez días recorriendo poblados entre Sinaloa y Durango. Casi todos los chavos son unos machos y quieren ser remalos. Se visten como marca el cliché de los narcos, con sus polos de caballos y jinetes enormes, sus cadenas al cuello, relojotes en la muñeca, salen en sus trocas bien machinas y pistean como locos en cuanto anochece en cualquier esquina mientras escuchan corridos con las hazañas de todos los narcos habidos y por haber (hay varios nombres que no aparecen todavía en ninguna lista del Estado), oyen canciones que hablan de lo “perras” y “mañosas” que son las viejas, y todo es echar plomo, gastar billetes y hacer jales para luego comprar o matar autoridades. Esa es su lírica, esa es la narrativa a la que aspiran. No quieren ser agrónomos ni migrantes. Quieren el billete ayer, al puro “narco style”.   

Y al final, lo peor, es que hay que entender que los narcos ya no sólo son narcos: los capos permiten a sus tropas, a los jefes de plaza o de células, extorsionar, secuestrar, hacer lo que se les dé la gana si no calientan de más la plaza. ¿Por qué no se dan una vuelta por Playa del Carmen y sondean? Todos, pero todos los negocios de la Quinta Avenida pagan extorsión. De aquí para acá un cártel, de aquí para allá otro. Pax narca. Hasta que les estalle, que les va a estallar.

Legalicen las drogas ya. Regulen el mercado de la mariguana, el de la amapola que tantos usos tiene y que hace que los serranos vivan mucho-mucho mejor; presenten propuestas integrales, las apoyaremos, pero no me vengan con que con eso se va a acabar la violencia porque si un día logramos dar esos pasos como sociedad, nos vamos a frustrar cuando persistan las balas y los charcos de sangre y nos va a pasar lo que nos ocurrió con la democracia: que nos entristece a cada rato porque creíamos que resolvería todo y que viviríamos en un edén de pulcritud económica y moral.

No sean insensatos e irresponsables: debatan bien sin ostentar varitas mágicas que se rompan al primer bamboleo que les pegue la realidad…